Últimamente estas dos palabras me persiguen; en los aeropuertos, en las centrales de autobuses y en mi vida misma.
Las bienvenidas siempre son motivo de gozo, de emoción… hasta de llanto pero un llanto feliz. Las partidas nos dejan rostros tristes, huecos en el estómago y hasta añoranza adelantada… por lo que ya no será.
Cuando uno está de tránsito en un aeropuerto, por ejemplo, sabe que pasará ahí sólo unos minutos u horas; está constantemente revisando el monitor en donde se anuncian los vuelos que habremos de tomar, nos acomodamos lo mejor posible en los asientos, damos vueltas por las tiendas, entramos varias veces al baño o contemplamos cómo se cargan los aviones, cómo llegan y cómo se van otros.
Pero sabemos que ese lugar es sólo por un ratito, que nos alejaremos, que no pertenecemos ahí, en esa tierra, ni por una semana ni unos días.
Los aeropuertos me parecen lugares tristes, son sitios de paso que a nadie le importan. Bueno, claro, si es un lugar agradable siempre es mejor; pero un aeropuerto es sólo la entrada y la salida de algo más grande, mejor.
Así es la vida. Uno anda de tránsito muchas veces sin notar demasiado lo que hay a nuestro alrededor. También en la vida hay arribos y partidas que serán curiosamente similares en número.
Pues bien, últimamente yo he estado de partida, o más bien, he estado despidiendo gente. Por un detalle en apariencia de lo más insignificante, un montón de verdades se me vinieron encima. Una amiga me dijo que es algo que algunas personas lo aprenden antes, otras después… algunas tardísimo, como yo. Pero de que llega… llega.
Para mí es difícil entender ese concepto, porque soy más bien aferrada y soñadora. No es algo que me haya inventado, fue algo que aprendí y que también yo misma fui desarrollando por mi propio capricho o más bien, estoy segura, por mi propia necesidad. Yo, le doy la bienvenida a casi todo el mundo… les abro los brazos y casi instantáneamente son merecedores de mi cariño y, a veces, de mi confianza. Lo duro es aprender que las cosas no funcionan así… ¿por qué? Porque a la gente en realidad no le interesa, no le importa y… no lo quiere.
Es triste ver las barreras con las que la gente camina; si pudiéramos verlo con unos lentes especiales, veríamos que casi todo mundo va con un muro a cuestas y que no está dispuesto a dejarlo caer; no entra ni sale nada de ahí. Ojo, no entra ni sale. Nada. No les interesa, ni siquiera lo ven. No les importa.
Por eso, decidí dejar de darle cabida en mi espacio físico y emocional a cosas que no deberían de estar ahí… darles su pase de abordar que ni siquiera pidieron porque ni siquiera sabían que estaban en el aeropuerto.
Cuando los otros se van y tú te quedas duele… pero más duele que nunca se hayan dado cuenta que habían llegado y tenían un lugar ahí.
Más vale tarde que nunca. Mi aeropuerto se está vaciando… espero que llegue un momento en el que el equilibrio sea permanente, que las llegadas y las partidas sean concientes y la gente que transite por ahí… quiera hacerlo de verdad.

