viernes, 18 de marzo de 2011

Amor y calcetines de rombitos

Y como estamos muy conectados... aquí algo inspirado en mí. OJO, tengo que anotar que no sé de física cuántica, nunca he mencionado a ningún pollo y menos aún me he denominado plátano. Ahora sí... Lean este maravailloso relato, escrito por mi adorado...

Raúl Mejía
17/03/2011


El domingo pasado recibí una llamada y una orden: “vamos a vernos”. Así. Al grano. Nada de “cómo andas de tiempo” o “qué te parece si nos encontramos mañana”. No. Directo. Quien estaba al teléfono era Cristina, de quien hace varios meses no sabía nada. La última vez que nos vimos planeaba lanzarse en un paracaídas como una prueba de amor a su domador. Le dije había mejores maneras de sentir orgasmos y me dijo “tú qué sabes del amor si nunca has besado un pollo”. Por supuesto, no le entendí a la analogía, pero Cristina no es muy eficaz en eso del ingenio metafórico. Una vez confesó que alguien la hizo pasar una pena infinita y la había hecho sentir como un plátano. Quienes la escuchábamos nos miramos desconcertados esperando su explicación: “sí, me sentí larga, aguada y amarilla” –dijo muy oronda y siguió masticando ruidosamente una tostada de pata.


El caso es que recibí su orden de vernos y pensé en las recónditas razones anidadas en el corazón o el cerebro femenino que las impulsa a darme órdenes. ¿De dónde les salen los… arrestos para tratarme así? Apenas agarran confianza y dejan la urbanidad. Pasan al perverso placer de dar órdenes. Así: castrenses. Lo peor es que yo, por no sé qué recónditas razones anidadas en mi corazón o cerebro masculinos, obedezco. O sea: soy el peor de todos y no es que me ponga sorjuaniano al revés. Es algo más simple: no puedo cambiar. Soy la vergüenza del género masculino. Mandilón ad nauseam. “¿Acaso no tienes gónadas?” –me preguntó una vez Pimentel, con su característico decoro, cuando supo de mi incapacidad para decir “no” a las mujeres.

Pero volvamos al meollo del asunto: Cristina me dio las coordenadas para llegar. “Desde tu casa te tomará menos de veinte minutos: agarras Periférico, te sales en San Antonio (te conviene el segundo piso) das vuelta en tal y cual”. Clarísimo todo y yo, como era de suponerse, me perdí. Nunca di con la calle Patriotismo siguiendo las indicaciones cristianas (o sea, de Cristina) y cuarenta y ocho minutos después, cuando ya estaba decidido a regresar a mi casa ¡zas! Me encontré la maldita calle. Lo demás fue fácil: en dos minutos llegué a un lugar que se llama La Bella Época. ¡Uy, qué bonito está ahí! Si alguna vez, desde la hermosa provincia mexicana vienen al DF y les gustan los lugares donde hay muchos libros, lléguenle a ese lugar.

Y bueno, Cristina ya estaba ahí sorbiendo un express cortado chico. La vi a lo lejos. Con la mano dándole toques a su muñeca me indicó que, como siempre, yo llegaba tarde. Pensé en mi mamá y el terror que me causaba cuando hacía esos mismos movimientos (ahora entiendo todo). ¿Para qué me necesitaba con tanta urgencia esta mujer? Simple: quería darme los detalles de su amor por Fulandraco, con quien salía “en plan serio” desde cinco meses atrás. Expresó, contundente, que “ahora sí” el amor había tocado a su puerta y de plano se había convertido en creyente (no le entendí a esa “metáfora” y con fastidio me remontó a una era glacial lejana, cuando Los Monkees, hace más de cuarenta años, popularizaron esa rolita de I´m a believer). “Es un clásico… ¿qué te pasa?” –me dijo como si yo tuviera la obligación de saberme las rolas de los sesenta. Se puso a cantarla para ver si me acordaba: “I thought love was only true in fairy tales/meant for someone else but not for me (…) then I saw her face, now I´m a believer”. Dijo ese era su caso. “Finalmente le hice caso a las señales más allá de lo empírico” -yo parpadeé repetidas veces sin entender su ejemplo pero ella estaba en trance: “Cuando la señal llegó… simplemente me entregué” -confesó arrobada.

Eso me recordó a otra amiga. La imprescindible Teresita Sánchez, linda y generosa, quien una mañana gris me acompañaba por el rumbo del Planetario de Morelia. Yo le hablaba de una obra de teatro que estaba escribiendo y la necesidad de encontrar un personaje pleno de amor para el texto. Me dijo “no busques más: yo soy tu historia” y empezó a narrar cómo había encontrado al machín de su vida. La cosa fue así: el amor inconmensurable por su hombre se debía a una epifanía nocturna vinculada a una borrachera que condujo a Roberto hasta la casa de la famosa promotora cultural moreliana (Tere). Ocho meses, seis semanas y siete días antes, un bruja le había revelado a la también actriz que sólo cuando un sujeto con calcetines de rombitos fuera hasta su hogar a rogar por su amor, sabría que había encontrado al Hombre. Así, con mayúsculas…

Y así ocurrió, aunque no lo crean. El Robert llegó bastante descompuesto (vulgo, borracho en fase terminal) a gimotear por el amor esquivo de la Tere, quien lo bateaba inmisericordemente cada vez que tenía la oportunidad… pero por esas cosas del azar, esa madrugada, Bobby arribó al departamento de la Teresilla con unos calcetines de rombitos bien monos. En la penumbra, la mujercita alcanzó a ver la señal y dijo “ay, cabrón he aquí que la vida me pone frente a un Príncipe Azul con calcetines de rombitos”.

Sin dar crédito a lo que sus ojos dormilones veían, se incorporó modorra y nimbada de santidad lujuriosa y apasionada. Le extendió una manita ansiosa y él se levantó apenas y a penas. Se fundieron en un beso… la madrugada los cobijó pudorosa. Tere supo en ese momento (finalmente era una epifanía) que todos los hombres de su vida se sintetizaban en ese despistado y perplejo borracho a su lado: encuerado y sólo con los calcetines de rombitos puestos…

Si quieren saber más detalles busquen a Tere. Debe andar dando algún curso por ahí. Ella con gusto dará detalles de su Love Story.

Cristina experimentó lo mismo pero por el lado de los libros. Como todo mundo lo sabe, ella es experta en el asunto de la transferencia de calor y esas cosas. Por eso, cuando estaba por terminar de leer el interesantísimo volumen titulado Ecuaciones de los balances y de las leyes de conservación en termodinámica y mecánica de fluidos, conoció a Fulandraco. A la hora de las preguntas de tanteo, el hombre le dijo que estaba terminando de leer el majestuoso libro antes mencionado. Ella se quedó con Cara De No Manches, pero no se aceleró. Lo tomó con calma. Finalmente una coincidencia, así sea en ecuaciones diferenciales, no es como para definir una vida.

“¿Pero qué crees?” –me preguntó ahí, en La bella Época de la colonia Condesa y yo le contesté que creía en la estadística aplicada a los fenómenos medibles. Ella hizo una mueca de “no seas payaso” y siguió con su exposición: “Pues que luego me hice la casual y me lo topé en un café en Perisur. Ya sabes todo el show: órale qué milagro, esto sí que es una sorpresa y nos pusimos a platicar. En un momento dado le pregunté qué si se podía saber qué andaba leyendo o era uno más de sus misterios (esto se lo dije toda coqueta y aventada) y me dijo así, como si nada, que La contadora de películas… o sea, ¿ves? ¡El mismo que estaba leyendo yo! O sea…”

Cuando Cristina se pone fresa, la verdad me revienta las gónadas (como les dice Pimentel a los adminículos masculinos tan preciados) pero la dejé hablar. Luego me confesó que no sólo me había ordenado ir hasta ese bello lugar para darme a conocer su amor por Fulandraco, sino para que leyera esa historia: es más, me la iba a regalar. Con un ademán me dijo “sígueme” y lo hice. De un montón de ejemplares sacó un librito de Hernán Rivera Letelier. “Te lo regalo”, me dijo y yo le dije que no se molestara porque de verdad andaba muy entretenido con un tabique de más de mil doscientas páginas (el de Grossman, recomendado por mi amiga, la que tuvo trillizos ¿se acuerdan? Pimentel pues) y prefería seguir con el autor ruso, pero me pidió “por piedad” lo leyera: “sé que eres un hermeneuta y podrás decirme si entendí bien las señales”. Quise decirle que si ella era capaz de entender las leyes de la conservación en termodinámica, haría feliz a cualquier hombre del mundo occidental cuando menos… pero Cristina ya estaba pagando el librito.

¿Y saben qué? Está bueno. Se lee en una hora y media. Es un cuento muy agradable. No es novela. La historia se desarrolla, en su mayor parte, en la década de los sesenta: una niña, la más pequeña de una familia amante del cine y con ingentes penurias económicas, nunca tienen dinero para ir todos a las funciones (eso me recordó el origen del título de un libro de Cabrera Infante: Cine o sardina). Como sólo tienen para una entrada, la niña del título se encarga de ver la cinta y volver para contarla a su familia. Se hace tan buena en eso que incluso la gente del pueblo prefiere escucharla a ella que ir al cine. Una historia concisa, sin distracciones y con un final bien logrado. Está en Alfaguara.

Otro día responderé a la pregunta que me acucia: ¿por qué las mujeres me ordenen y yo obedezco? ¿Acaso no tengo en mi lugar los adminículos masculinos?

4 amables lectores han pasado... ¡valientes!:

Zereth dijo...

¿Cómo le hacen para complicarse tanto los asuntos amorosos?


pa'su yo de señales solo las de tránsito.
Leí el post anterior, y no le veo el caso a explicarse el por que´sucede o mucho menos cuando no suceden las cosas en las relaciones

Para mí es muy sencillo, "jalas o busco otro?. Vaya, parto del punto básico que me guste y me atraiga, físicamente y/o intelectualmente, ambas cualidades es lo deseable. En adelante lo que salga es bueno.

Cuando las relaciones se terminan, pues ¿quién diablos pierde tiempo en explicaciones? se acabó y punto, a recoger cada quién sus pedazos de corazón y a llevar su vida a otra parte.


Besos

El hombre del traje gris dijo...

pues si, a veces (una gran mayoria) es difícil decirle que no a una mujer... cosas de la vida...

y pues cada quien sus requerimientos, tan simples o complicados como uno quiera...

mr. Ed dijo...

Me encantó esta publicación, me cae bien tu amigo Raúl Mejía, quién seguro es ingeniero.

Saludos Lata

Jana dijo...

Me encantaron las descripciones hacia tí Latita jaja te imaginaba tal cual :P
Muy buen post :)