No recuerdo cuándo comenzó mi gusto por el cine. Yo no crecí en una casa de intelectuales ni entre música clásica o libros. Las películas que mis papás nos llevaban a ver eran de Disney y, más grande, por ahí de la pubertad, las favoritas eran las románticas o de acción con permanencia voluntaria…
Eso sí, nunca olvidaré que estaba como en cuarto o quinto de primaria cuando fui sola, con dos amigas, al cine. Vimos “Fiebre de Amor”, con Lucerito y Luis Miguel, y no fue en el Multicinemas de los Ramírez, no, qué va… era mexicana y esas no las pasaban en Plaza las Américas. Tuvimos que ir al centro… a ese lugar un poco spookie cuyo nombre he olvidado. Fuimos porque éramos re fans de Lucerito (Fuego y ternuraaaa). Así de fresa y ñoña era.
Por eso, si me preguntan de dónde surgió una vocación de directora de cine la respuesta es: no tengo idea. Quizá haya sido culpa de la universidad, de mis compañeros y de las revistas Cinemanía y Cinepremiere que eran novedad en el mercado. Ahí podía leer todo sobre Hollywood y en ese entonces me sabía la filmografía completa de… no sé, Spielberg tal vez.
En mi generación de flamantes estudiantes de Ciencias de la Comunicación de la honorabilísima Vasco de Quiroga había muchos amantes de las películas. De hecho, mi novio de esa época y yo compartimos horas y horas viendo (y no viendo) cualquier cantidad y género de filmes cuyos títulos he borrado de la mente por completo. Creo que eso es algo que siempre recordará de mí: nuestro creciente interés compartido por esa forma de arte, la audiovisual en 35 milímetros. Por supuesto, en los cortos que hacíamos yo fingía como co-directora junto a don gigante novio y, sin querer, también la hacía de productora.
Y un día, sin más ni más, estoy casi segura que entre el primer y el segundo año (justo en el verano) el cielo se iluminó y una voz angelical me indicó el camino… Sería directora de cine.
Pasaron los años y justo a los tiernitos 22, recién egresada y titulada, tomé mis maletitas e inicié la aventura en mi primera temporada en Chilangolandia. A los 4 días de llegar, aquellos amigos actores que fungieron como mis primeros guías en la ciudad me invitaron a participar en un cortometraje: mi sueño se hacía realidad.
Lunes, martes, miércoles, jueves y viernes vivía en Estudios Churubusco. BenjamínCann filmaba Crónica de un desayuno y Jaime Ruíz y su equipo preparábamos Los Maravillosos Olores de la Vida. ¿Podía ser más perfecto? Bueno, sí. Como en todo idilio hubo baches… como los económicos. Nos quedamos sin fondos y la moreliana (o sea yo) tenía que vivir de algo. Adiós cine hola televisión.
Entre Hechos y Hechos, tuve la oportunidad de participar en comerciales, videos diversos y algunas producciones muy esporádicas. Eso sí, veía películas al menos una vez a la semana y ya no estaba tan segura de estar preparada para mi vocación de cineasta. Por eso decidí meter papeles para cualquier beca posible para estudiar una maestría en Producción Audiovisual o estudios Cinematográficos: UCLA, USC, NYFI, algunas de Madrid, Londres, Argentina y hasta Cuba recibieron mis papeles. Fui pre-aceptada en todas pero la beca nunca llegó… ¿y cómo les explico?
Mientras tanto me dedicaba a trabajar en televisión y poco después, en internet. Mi vida era buena, me divertía, me endeudaba, pero no crecía profesionalmente. Hasta que me harté y me largué, ya se saben esa fase de mi vida. Adiós México hola Londres. ¿Pueden imaginar un mejor lugar para ver cine que Londres? Yo no. Películas en idioma original de países que no sabía que existían. Conocí a varios estudiantes de cine y alguna vez me topé con actores y actrices (Ewan, Clive… etc.). Una vez a la semana Other Cinema, Prince Charles, Bixton Academy, Ritzy, Clapham Picturehouse, BFI y hasta Odeon me recibían en la oscuridad y yo sentía que era el lugar ideal para mí.
En algún momento del camino decidí que prefería ver el cine que hacerlo… o bueno, hacer sólo cine. Retomé la escritura y me di cuenta de que en este arte era donde quería dejar mi alma… en las letras, de la forma que fuera.
Eso sí, de vez en cuando necesitaba meterme en algún set, correr con los gaffers, pedir los permisos y hasta meterme al área de hojalatería y pintura (maquillaje) a que me retocaran… El rush de una producción audiovisual no tiene igual. No, no para mí para todos los días… pero sí de vez en cuando para poder respirar y expirar energía.
Y así pasan mis días, entre una cosa, con la memoria de teflón más que nunca… olvidando ya la filmografía de todos, comparando entre obras sin saber y disfrutando las más pelis posibles: en festivales, corridas comerciales, pantallas de salas o de recámaras y, a veces, en la laptop. Soñando con algún fin de semana de filmación, detrás o delante de la cámara, sólo para sentirme viva… en la pantalla.
Esta es la historia de amor… entre el cine y yo.