martes 29 de marzo de 2011

La sociedad apreciadora de zapatos

…o shoe appreciation society. Sí, existe, aunque no lo crean.
No sé por qué los zapatos nos hacen tan felices. Y se los digo hoy que ando de estreno… Qué bonito huelen, qué suaves, qué… carooosss (dos tiritas de piel te cuestan no sé cuántos litros de leche).
Cuando encuentras un par increíble, no sé qué sucede dentro de ti… sólo te sientes feliz. El efecto quizá se relacione con que “no te hacen ver gorda”, o no tienes que batallar con tallas cada vez más grande… o vayan ustedes a saber, pero un zapato bueno es un zapato bueno. Bonito, claro. Sexy, cómodo… you name it!
Hay para todos los gustos, necesidades y tamaños. Si no, vean nada más la clasificación. Esta ilustración es de lo más útil, sobre todo para las recién ingresadas en el mundo del fashion y que nos referíamos a los zapatos como: tacón desmedido y flats. Ah, y tenis. Tan tán.
Aprendan, aprecien y disfruten.

martes 22 de marzo de 2011

Un insaboro Valentín azulado


No, no soy crítica de cine, soy sólo una espectadora que comenta lo que las películas provocan en mí.
Alguna vez estudié teoría y análisis cinematográficos, pero ya lo olvidé. Después, leí algunos libros que se fueron a ese mismo rincón de mi cerebro, el más rebelde, porque lo curioso es que sí recuerdo conceptos tan útiles como “sillón de casting” por el que tenían que pasar (del verbo ya no… ayajá) las primeras actrices de Hollywood.
Aún así, tengo una historia de amor con el cine. Y con el proceso de hacerlo, por supuesto. Por eso me atrevo a compartirles en este espacio mis recomendaciones, a veces con algún plus sentimentaloide, algún dato o anécdota.
Quiero que tengan eso en mente cuando lean lo siguiente, porque yo no soy crítica profesional.
Hoy me atreveré una vez más a escribir un post lleno de spoilers, que tendrán que evitar ustedes, señores que no han ido a ver esta azulosa película. Prevenidos están.
¿Por qué no creo que Blue Valentine sea una gran película?
No, no soy una grinch, ¿tendría que serlo para que me gustara esta película? No lo creo…
Una de las virtudes señaladas por todos los que amaron esta cinta, “Un triste San Valentín”, es que… “es una película real”.
Aquí entra mi primer Mmmmm…
Vaya, que yo soy experta en chick flicks y sé que hay elementos fantásticos en ella.
Quizá digan que es real porque es una historia de amor que se acaba. Eso es real… pero, ¿qué el mismo amor no es real? Yo digo que sí. Claro, sin canciones románticas, danzas a la luz de la Luna en Roma o alguna jalada así. Pero el amor es real. Aunque no sea feliz (nomás vean 2046… sí, ando obsesionada).
Entonces… hablando de realidades, todas las películas podrían ser reales.
Pero ya estoy desvariando.
Les contaré por qué me parece que esta cinta tiene huecos en el guión… con lo que “me quedó a deber”.
La loca literata en mí
Entre lo mucho que he aprendido en mi taller de narrativa, está que un buen escritor conoce perfectamente a sus personajes. Al comenzar a bocetar un libro, una idea de libro, hay que ver qué demonios se va a contar (y si sabré yo de eso…), hay que conocer a cada uno de los personajes: sus nombres, apodos, traumas, gustos, aficiones, momentos claves, hasta fecha de confirmación, de ser posible. Tú como autor debes de conocer todo esto. Ya que lo conoces, con el personaje completo, vas a escribir una historia congruente a él o ella, repito, ya sabes cómo reaccionaría, cuáles serían sus palabras, sus gestos, hasta su insulto favorito. Eso lo sabes tú… y un error que yo cometo mucho al escribir es explicar su vida, en lugar de mostrarla.
Para mí, la película tiene un error totalmente viceversa a eso, mi falla narrativa: ellos saben quiénes son los personajes, pero poco lo muestran y menos lo explican.
Inconsistencia en el guión
Me saltó, no lo puedo evitar, me saltó. Tanto Ryan Gosling como Michelle Williams están muy bien en sus papeles, pero yo noté una gran inconsistencia en la historia. Por favor, si vi una copia mal editada o me quedé dormida a media cinta (que se antoja larga de repente), háganmelo saber… porque me perdí de algo.
Spoilers everywhere…
Vemos una historia de un amor adolescente. Un amor en el que él cae como en canción de Camila, “todo cambió cuando te vi”. Tal cual: chick flick style. Esa rorra es la mujer de mi vida. No sé ni quién sea, pero sus hijos serán míos. Tómela, por bocón.
No está mal, no estoy en contra de la cursilería… en lo absoluto, ¡si soy la reina de lo cursi! Lo paso… no lo compro, pero lo paso. En realidad el jovenzuelo no se enamoró, nomás tuvo una gran infatuation (GRAN término en inglés), le gustó harto la güerita, pues. Y pues como buen valiente, se lanzó y luchó contra los dragones (que le han dado santa putiza) y se quedó con el premio mayor: la princesa y el crío, que criarían juntos. ¿No les suena a planteamiento de chick flick? A mí sí.
Ella, una jovencita de 18 o 19 años, con un gran problema enfrente (embarazada y con un patán como padre de la criatura), “cae en amor” ante la actitud caballerezca del mudancero. Sí, mudancero. Ella y sus sueños de convertirse en médico se entregan sin remedio a un amor totalmente adolescente (y, confiésenlo, ¿quién no ha estado ahí? Lo compro).
Esa es la parte rosa. Claro.
La parte Azul… es la parte jodida. Cuando despiertan del sueño. Cuando ella se da cuenta de que el mudancero no le es suficiente. Bueno, eso asumimos, porque justo aquí es donde veo la inconsistencia… YO SUPONGO que eso sucede, porque a mí no me lo contaron. Les digo, el guionista se sabe muy bien la vida de los muchachos, pero yo, como espectadora, me lo inventé porque no me lo dijeron.
Así que vemos cómo en 4 o 5 años la historia se ha ido directito al caño… en 4 o 5 años, porque esa es la edad de la hija/no hija, ¿cierto?
Y aquí viene el segundo toooooing… ¿neta en 4 o 5 años se termina la carrera de Medicina en Estados Unidos y un hombre en sus 20’s pierde casi la totalidad de su cabello? ¿O pasaron más años y la niña en realidad tenía 10 años e hicieron un pésimo casting?
¡Que alguien me explique!

Me pierden, señores, ¡me pierden!
Cuando percibo todo esto, no me quedan ganas de comprarme la historia. Yo sé que el amor se acaba, que las ganas de UNO no son suficiente (créanme, lo sé, yo he sido algunas veces Ryan y a veces Michelle, como todos), sé que eso es REAL, lo he visto en películas (ejemplos sobran, tampoco la armen de tos), lo he leído en libros y lo he visto en numerosas series televisivas. Ok, telenovelas no, pero lo demás, sí.
Historia predecible
Confiesen, ¿quién no supo todo lo que iba a suceder después de la escena en donde están cogiendo y él osa venirse dentro de la chava? ¿Acaso soy la única con súper poderes para predecir las tramas de películas predecibles? (Nota que ni al caso, un libro que me sorprendió hasta la última línea: Cero Absoluto, de Allan Folsom.)
Recomendación spoilesless 

Así que yo les digo que vayan a ver la película sin grandes expectativas, eso sí, tienen buenas actuaciones pero no es ninguna joya.
Si quieren ver una chingonería sobre relaciones humanas, corran a ver “Los niños están bien”. Ahí sí: una muestra clara y honesta de una relación de pareja (homosexual o heterosexual, qué más da), de cómo depositamos frustraciones, enojos y culpas en el otro, de cómo se puede deteriorar una relación, de las dudas, los fracasos, los intentos… y, claro, estupendas (me pongo de pie) actuaciones.
Esa sí, me la compro. Todita.
Pero ya saben… ¡yo no soy crítica de cine!




lunes 21 de marzo de 2011

Yo de poesía, nada



Sí, aunque ustedes no lo crean, a mí no me gusta la poesía. No me gustan esos versos llenos de rima que no entiendo, esas imágenes complicadísimas que me hacen sentir que me perdí de algunas clases de “desconstructivismo poético para principiantes”… esas melcochas que deberían  arrebolar el corazón. Pero, ah, hay excepciones.

La primera vez que leí algo que me dejó sorprendida fue ya en mis buenos 20 años. Tal vez 21. Estábamos en la universidad y el profesor gritón, cubano y guapote, nos había repartido poetas hispanoamericanos para exponer. A mi equipo le tocó un uruguayo, un viejito con cara de “el abuelo que todas quisiéramos”… un tal Mario Benedetti. Ajá, el mismito que escribió la primera novela que me hizo chillar a moco tendido: La Tregua. Ajá, el mismo autor del que he leído más libros que de nadie. Ajá, ese que murió hace un par de años, por el que conocí a gente de varias partes del mundo y del que tengo un libro autografiado. Pero esas son otras historias.

Por supuesto, fue amor a primera vista.

No podía creer que alguien como él escribiera algo tan mío, tan “yoquierojustoeso”, como Te quiero; algo tan inteligentísimamente bien planeado como Táctica y estrategia o algo simplemente tan enfático, doloroso y político como Hombre Preso que mira a su hijo. Escritor de prosa, teatro, verso, ensayo… tan citado como cantado, amado como ignorado.

Gracias a él entendí el significado de la palabra exilio y también de montevideano; ubiqué conscientemente las latitudes de ese país latinoamericano y entendí que las sirenas también pueden enviudar.

Ese escritor uruguayo era algo así como un rockstar entre los jóvenes latinoamericanos de cierta ideología, al menos en mi generación. Un eterno viejo que parecía nunca envejecer.

Y claro, en esa sesión poética en donde expusimos, en las alturas de Morelia, con mojitos e historias de la Habana, también vinieron para quedarse Girondo y Sabines (con su Tarumba en mi vida).
Hoy, Día Internacional de la Poesía, quiero recordarlo, compartiéndoles un verso suyo, dos fotos y esa historia a medias… que tengo la impresión ya les conté.

¡Larga vida a los poetas, tan necesarios en esta tierra llena de guerras!



Vuelvo / quiero creer que estoy volviendo


con mi peor y mi mejor historia


conozco este camino de memoria


pero igual me sorprendo




hay tanto siempre que no llega nunca


tanta osadía tanta paz dispersa


tanta luz que era sombra y viceversa


y tanta vida trunca





vuelvo y pido perdón por la tardanza


se debe a que hice muchos borradores


me quedan dos o tres viejos rencores


y sólo una confianza




reparto mi experiencia a domicilio


y cada abrazo es una recompensa


pero me queda / y no siento vergüenza /


nostalgia del exilio




en qué momento consiguió la gente


abrir de nuevo lo que no se olvida


la madriguera linda que es la vida


culpable o inocente





vuelvo y se distribuyen mi jornada


las manos que recobro y las que dejo


vuelvo a tener un rostro en el espejo


y encuentro mi mirada




propios y ajenos vienen en mi ayuda


preguntan las preguntas que uno sueña


cruzo silbando por el santo y seña


y el puente de la duda




me fui menos mortal de lo que vengo


ustedes estuvieron / yo no estuve


por eso en este cielo hay una nube


y es todo lo que tengo





tira y afloja entre lo que se añora


y el fuego propio y la ceniza ajena


y el entusiasmo pobre y la condena


que no nos sirve ahora





vuelvo de buen talante y buena gana


se fueron las arrugas de mi ceño


por fin puedo creer en lo que sueño


estoy en mi ventana




nosotros mantuvimos nuestras voces


ustedes van curando sus heridas


empiezo a comprender las bienvenidas


mejor que los adioses





vuelvo con la esperanza abrumadora


y los fantasmas que llevé conmigo


y el arrabal de todos y el amigo


que estaba y no está ahora




todos estamos rotos pero enteros


diezmados por perdones y resabios


un poco más gastados y más sabios


más viejos y sinceros





vuelvo sin duelo y ha llovido tanto


en mi ausencia en mis calles en mi mundo


que me pierdo en los nombres y confundo


la lluvia con el llanto




vuelvo / quiero creer que estoy volviendo


con mi peor y mi mejor historia


conozco este camino de memoria


pero igual me sorprendo.

viernes 18 de marzo de 2011

Amor y calcetines de rombitos

Y como estamos muy conectados... aquí algo inspirado en mí. OJO, tengo que anotar que no sé de física cuántica, nunca he mencionado a ningún pollo y menos aún me he denominado plátano. Ahora sí... Lean este maravailloso relato, escrito por mi adorado...

Raúl Mejía
17/03/2011


El domingo pasado recibí una llamada y una orden: “vamos a vernos”. Así. Al grano. Nada de “cómo andas de tiempo” o “qué te parece si nos encontramos mañana”. No. Directo. Quien estaba al teléfono era Cristina, de quien hace varios meses no sabía nada. La última vez que nos vimos planeaba lanzarse en un paracaídas como una prueba de amor a su domador. Le dije había mejores maneras de sentir orgasmos y me dijo “tú qué sabes del amor si nunca has besado un pollo”. Por supuesto, no le entendí a la analogía, pero Cristina no es muy eficaz en eso del ingenio metafórico. Una vez confesó que alguien la hizo pasar una pena infinita y la había hecho sentir como un plátano. Quienes la escuchábamos nos miramos desconcertados esperando su explicación: “sí, me sentí larga, aguada y amarilla” –dijo muy oronda y siguió masticando ruidosamente una tostada de pata.


El caso es que recibí su orden de vernos y pensé en las recónditas razones anidadas en el corazón o el cerebro femenino que las impulsa a darme órdenes. ¿De dónde les salen los… arrestos para tratarme así? Apenas agarran confianza y dejan la urbanidad. Pasan al perverso placer de dar órdenes. Así: castrenses. Lo peor es que yo, por no sé qué recónditas razones anidadas en mi corazón o cerebro masculinos, obedezco. O sea: soy el peor de todos y no es que me ponga sorjuaniano al revés. Es algo más simple: no puedo cambiar. Soy la vergüenza del género masculino. Mandilón ad nauseam. “¿Acaso no tienes gónadas?” –me preguntó una vez Pimentel, con su característico decoro, cuando supo de mi incapacidad para decir “no” a las mujeres.

Pero volvamos al meollo del asunto: Cristina me dio las coordenadas para llegar. “Desde tu casa te tomará menos de veinte minutos: agarras Periférico, te sales en San Antonio (te conviene el segundo piso) das vuelta en tal y cual”. Clarísimo todo y yo, como era de suponerse, me perdí. Nunca di con la calle Patriotismo siguiendo las indicaciones cristianas (o sea, de Cristina) y cuarenta y ocho minutos después, cuando ya estaba decidido a regresar a mi casa ¡zas! Me encontré la maldita calle. Lo demás fue fácil: en dos minutos llegué a un lugar que se llama La Bella Época. ¡Uy, qué bonito está ahí! Si alguna vez, desde la hermosa provincia mexicana vienen al DF y les gustan los lugares donde hay muchos libros, lléguenle a ese lugar.

Y bueno, Cristina ya estaba ahí sorbiendo un express cortado chico. La vi a lo lejos. Con la mano dándole toques a su muñeca me indicó que, como siempre, yo llegaba tarde. Pensé en mi mamá y el terror que me causaba cuando hacía esos mismos movimientos (ahora entiendo todo). ¿Para qué me necesitaba con tanta urgencia esta mujer? Simple: quería darme los detalles de su amor por Fulandraco, con quien salía “en plan serio” desde cinco meses atrás. Expresó, contundente, que “ahora sí” el amor había tocado a su puerta y de plano se había convertido en creyente (no le entendí a esa “metáfora” y con fastidio me remontó a una era glacial lejana, cuando Los Monkees, hace más de cuarenta años, popularizaron esa rolita de I´m a believer). “Es un clásico… ¿qué te pasa?” –me dijo como si yo tuviera la obligación de saberme las rolas de los sesenta. Se puso a cantarla para ver si me acordaba: “I thought love was only true in fairy tales/meant for someone else but not for me (…) then I saw her face, now I´m a believer”. Dijo ese era su caso. “Finalmente le hice caso a las señales más allá de lo empírico” -yo parpadeé repetidas veces sin entender su ejemplo pero ella estaba en trance: “Cuando la señal llegó… simplemente me entregué” -confesó arrobada.

Eso me recordó a otra amiga. La imprescindible Teresita Sánchez, linda y generosa, quien una mañana gris me acompañaba por el rumbo del Planetario de Morelia. Yo le hablaba de una obra de teatro que estaba escribiendo y la necesidad de encontrar un personaje pleno de amor para el texto. Me dijo “no busques más: yo soy tu historia” y empezó a narrar cómo había encontrado al machín de su vida. La cosa fue así: el amor inconmensurable por su hombre se debía a una epifanía nocturna vinculada a una borrachera que condujo a Roberto hasta la casa de la famosa promotora cultural moreliana (Tere). Ocho meses, seis semanas y siete días antes, un bruja le había revelado a la también actriz que sólo cuando un sujeto con calcetines de rombitos fuera hasta su hogar a rogar por su amor, sabría que había encontrado al Hombre. Así, con mayúsculas…

Y así ocurrió, aunque no lo crean. El Robert llegó bastante descompuesto (vulgo, borracho en fase terminal) a gimotear por el amor esquivo de la Tere, quien lo bateaba inmisericordemente cada vez que tenía la oportunidad… pero por esas cosas del azar, esa madrugada, Bobby arribó al departamento de la Teresilla con unos calcetines de rombitos bien monos. En la penumbra, la mujercita alcanzó a ver la señal y dijo “ay, cabrón he aquí que la vida me pone frente a un Príncipe Azul con calcetines de rombitos”.

Sin dar crédito a lo que sus ojos dormilones veían, se incorporó modorra y nimbada de santidad lujuriosa y apasionada. Le extendió una manita ansiosa y él se levantó apenas y a penas. Se fundieron en un beso… la madrugada los cobijó pudorosa. Tere supo en ese momento (finalmente era una epifanía) que todos los hombres de su vida se sintetizaban en ese despistado y perplejo borracho a su lado: encuerado y sólo con los calcetines de rombitos puestos…

Si quieren saber más detalles busquen a Tere. Debe andar dando algún curso por ahí. Ella con gusto dará detalles de su Love Story.

Cristina experimentó lo mismo pero por el lado de los libros. Como todo mundo lo sabe, ella es experta en el asunto de la transferencia de calor y esas cosas. Por eso, cuando estaba por terminar de leer el interesantísimo volumen titulado Ecuaciones de los balances y de las leyes de conservación en termodinámica y mecánica de fluidos, conoció a Fulandraco. A la hora de las preguntas de tanteo, el hombre le dijo que estaba terminando de leer el majestuoso libro antes mencionado. Ella se quedó con Cara De No Manches, pero no se aceleró. Lo tomó con calma. Finalmente una coincidencia, así sea en ecuaciones diferenciales, no es como para definir una vida.

“¿Pero qué crees?” –me preguntó ahí, en La bella Época de la colonia Condesa y yo le contesté que creía en la estadística aplicada a los fenómenos medibles. Ella hizo una mueca de “no seas payaso” y siguió con su exposición: “Pues que luego me hice la casual y me lo topé en un café en Perisur. Ya sabes todo el show: órale qué milagro, esto sí que es una sorpresa y nos pusimos a platicar. En un momento dado le pregunté qué si se podía saber qué andaba leyendo o era uno más de sus misterios (esto se lo dije toda coqueta y aventada) y me dijo así, como si nada, que La contadora de películas… o sea, ¿ves? ¡El mismo que estaba leyendo yo! O sea…”

Cuando Cristina se pone fresa, la verdad me revienta las gónadas (como les dice Pimentel a los adminículos masculinos tan preciados) pero la dejé hablar. Luego me confesó que no sólo me había ordenado ir hasta ese bello lugar para darme a conocer su amor por Fulandraco, sino para que leyera esa historia: es más, me la iba a regalar. Con un ademán me dijo “sígueme” y lo hice. De un montón de ejemplares sacó un librito de Hernán Rivera Letelier. “Te lo regalo”, me dijo y yo le dije que no se molestara porque de verdad andaba muy entretenido con un tabique de más de mil doscientas páginas (el de Grossman, recomendado por mi amiga, la que tuvo trillizos ¿se acuerdan? Pimentel pues) y prefería seguir con el autor ruso, pero me pidió “por piedad” lo leyera: “sé que eres un hermeneuta y podrás decirme si entendí bien las señales”. Quise decirle que si ella era capaz de entender las leyes de la conservación en termodinámica, haría feliz a cualquier hombre del mundo occidental cuando menos… pero Cristina ya estaba pagando el librito.

¿Y saben qué? Está bueno. Se lee en una hora y media. Es un cuento muy agradable. No es novela. La historia se desarrolla, en su mayor parte, en la década de los sesenta: una niña, la más pequeña de una familia amante del cine y con ingentes penurias económicas, nunca tienen dinero para ir todos a las funciones (eso me recordó el origen del título de un libro de Cabrera Infante: Cine o sardina). Como sólo tienen para una entrada, la niña del título se encarga de ver la cinta y volver para contarla a su familia. Se hace tan buena en eso que incluso la gente del pueblo prefiere escucharla a ella que ir al cine. Una historia concisa, sin distracciones y con un final bien logrado. Está en Alfaguara.

Otro día responderé a la pregunta que me acucia: ¿por qué las mujeres me ordenen y yo obedezco? ¿Acaso no tengo en mi lugar los adminículos masculinos?

martes 15 de marzo de 2011

Telenovelas mentales

Estos benditos dramas inexistentes no son exclusivos de las mujeres. Claro que ya lo sabía, pero el fin de semana tuve comprobación real del asunto. Y también tuve tiempo para reflexionarlo.

Tengo un querido amigo que ha estado en mi vida por muchos años (muchos), y ha presenciado mi crecimiento y evolución. Sí, es bastante mayor que yo y de alguna forma siempre ha fungido el papel de profesor.

Pues bien, en muchos años y ocasiones hemos discutido qué quieren las mujeres, él en afán de entenderlas y yo en afán de explicarnos. Hemos hablado de la severa falta de compromiso en muchas personas (en la actualidad), hemos compartido encuentros y desencuentros con parejas (mutuas), y hasta hemos tratado de terminar de contar esas historias cuyos finales han quedado en el aire, cargados de dudas, de preguntas y de dolor.

Justo ahora le tocó a él escuchar mis cavilaciones sobre lo que le sucedió.

De verdad que me puse en el lugar de su ex y pensé por qué actuó como actuó, por qué hizo eso (muy extremo, hay que decir), por qué. Y tuve dos explicaciones lógicas… una que él ya había considerado (la más obvia), pero otra totalmente real y… híjole, ¿comprensible?

Pero él también se ha estado haciendo sus telenovelas, ¿qué pasó?, ¿cómo pudo hacer lo que hizo?... Por qué. Ese porqué que jode, que agota, que consume.

Hice un match, un match unisex, producto de imágenes de película, de la cinta Deseando Amar. En ella, los protagonistas (hombre y mujer) intentan explicar qué pasó, qué sucedió, cómo fue… imaginan las primeras miradas, palabras, encuentros. Ensayan, traman, se lastiman.

Y así, hombres y mujeres vamos creándonos historias en la cabeza… a veces sin necesidad, otras POR necesidad. Al final, todos necesitamos certezas y, quizá, un adiós… una explicación.

jueves 10 de marzo de 2011

Nuevas rutinas

Pues sí, cambié de trabajo y de vida. Casi por completo.
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Yo no sé en qué momento dije: quiero nuevo todo, pero creo que hasta mudé de pestañas. No es que esté mal, simplemente es que hay que adaptarse.
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A pesar de que el horario es muy similar al que tenía en mi antiguo trabajo, todo es distinto. Por ejemplo, ahora mis trayectos no son de una hora, en la que ya me sabía hasta la sensación de la rutina matutina en la que me podía permitir leer suficiente, escuchar música e incluso recitar algunos mantras con mi Ipod. Ahora, por supuesto, ya no se puede. El recorrido ha pasado a 25 minutos, la mayoría en un bus, caminar luego dos cuadras, treparme en otro bus y bajarme como a las 10 cuadras (cuadras difíciles de caminar porque se atraviesas avenidas y puentes…) Entonces ahora leo por periodos más cortos y ya nada de meditación.
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También mis regresos son distintos. Ahora camino mucho más y por una de las avenidas más bonitas de este país: Paseo de la Reforma. No saben lo bien que me cae esa caminata CASI todos los días (el casi es importante, porque a veces quisiera salir y que el metro estuviera en la esquina).

Ahora hay días en que salgo tarde…  y tarde ha significado 9:30 de la noche. Y no me pesa, para nada, porque me siento productiva.
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Cada día aprendo algo nuevo, de mi profesión y de otras tantas cosas.
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Estoy conociendo a muchísima gente.

Mis clases de los sábados cambiaron a los miércoles por la noche, lo cual no me encanta, tengo que confesar. Pero también, los miércoles y jueves se han convertido en días para escribir. Al parecer, estoy volviendo a hacerlo (¡yeah!, ya era necesario)  y, dicen, que lo estoy haciendo mejor.

Los viernes quizá se vuelvan día de cine. Hace 8 días vi tres películas, dos en el cine y una en casa. Mañana quizá sea una. En el cine.
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Como trabajo a 5 cuadras de un Cinépolis, a las 3:30 es el momento ideal para ver cualquier cosa. Lo malo es que a esa hora los trabajadores están más dormidos que nada y ni las papas curly han llegado.
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También significa que la mayoría de las veces vaya sola, pues… ¿quién puede ir a esa hora y a ese lugar conmigo?
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No me pesa, para nada. Me gusta ir sola al cine. Aunque a veces prefiero tener alguien a quién abrazar o con quién comentar.
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Los sábados ya no son de taller, de amigos. Ahora son de posibilidades.


Y con todo y lo anterior siento que necesito un nuevo proyecto para 2011. 
Tengo muchos meses para conseguirlo.

lunes 7 de marzo de 2011

Una letra...

domingo 6 de marzo de 2011

Antes de la era digital...

"El fin de semana tuve una revelación (patrocinada por mi amiga Mireya): las abuelas saben. Las mamás saben… deberíamos escucharlas de vez en cuando."

10 de marzo de 2008... 
y sigue siendo vigente

miércoles 2 de marzo de 2011

De los exnovios, los amigos


A todas las acosadoras que llevamos dentro...
 y a esas buenitas que les dan gusto de ser "la amiga"
(en especial para ti, que pretendías ser amiga... e inspiraste este post)


Ya sé que no soy autoridad moral para dictar con el ejemplo, pero resulta que para los consejos soy re buena… y algunos de ellos incluso los aplico en mí misma, como justo este del que escribiré esta noche.
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Háganle caso a la moreliana: no se hagan amigas de sus exes (o paguen las consecuencias…). Ya sé que un montón de gente va a brincar y saldrá con el argumento de: “es que me conoce taaaaaaan bien”, “es que compartimos tanto, ¿cómo echarlo a perder?” Ok, aquí hay un punto… Sí, existen casos excepcionales en los que el amor de plano no existió nunca o ya partió, que el deseo también pasó (importantísimo) y que quizá con los años puedan ser amigos. De hecho, entre un matrimonio que no funcionó y hay hijos, esto sería lo ideal.
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Pero yo no estoy hablando de  esos casos, yo estoy hablando de gente de a pie, de mujeres que como yo, no comparten chamacos con nadie y se pueden dar el lujo de volver a su sanidad mental.
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Ahhhh, ¿por qué digo esto? Bueno, es muy simple: mi hipótesis reside en mi propia experiencia… ok, no  es hipótesis, es caso comprobado.
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Cuando una historia no termina de cerrar bien es porque existe todavía un vínculo entre los dos, llámenlo como quieran. El otro día La Abuela Sabia de Twitter dijo que si una se volvía amiga del ex era porque a) todavía existía amor o b) nunca lo hubo. Yo pondría un elemento molón aquí: el deseo.
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Es probable que no exista ya amor pero sí deseo y… pues qué chingón bajar esos calores primaverales con el ardiente jovenzuelo, pero… mejor búsquense otro, ¡qué necesidad!
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Pero vayamos por partes. Primero, cuando terminó una historia y  no de la mejor manera, yo les recomiendo, queridas lectoras (no sé si lo hagan los lectores, ¡que no sé cómo funcionan los hombres, jo’er!) que eviten stalkearlo… ¡no lo espíen no lo persigan no lo acosen no lo busquen! Esto es muy en serio, evítense la pena. 
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No hay peor sal para la herida que saber que tiene una vida sin nosotras… ¿y qué crees? Pues sí que la tiene (como tú deberías tener la tuya)… pero una cosa es que la tenga y otra que tú enfermamente estés al pendiente de todo. Y válgame Dios si te cortó por otra (nota importante: yo creo que cuando un señor cambia de actitud de la noche a la mañana y te dice que prefiere ser amigos es porque conoció a otra. Punto.), aquí podrías convertirte en personaje para thriller pasional… o para personaje de loca mental.
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Sé que somos curiositas por naturaleza, pero también sé que cuando tú estás clavada con alguien y te das cuenta que sale con alguien más… duele. Así que evítense esos malos ratos. Si la tentación es muy grande: adiós a la amistad en el FB, en el Twitter, en el Messenger, Bb Messenger, Whasup, i-chat, mensajes de celular y un loooong de etc.  Piensen en ustedes. Es más, les aseguro que el duelo dura menos si se evitan estar enganchadas con alguien que… que no fue o ya fue.
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Ya que hayan pasado las primeras semanas de ansiosa curiosidad y de dolor en el estómago (y otras partes… donde físicamente duele) puede ser que consideren que podrían ser conocidos de nueva cuenta… pero honestamente les pregunto algo… ¿para qué? Tendría que morderme la lengua si dijera que yo nunca lo he hecho, pero por eso mismo sé que es muy probable que con ese ex se genere una buena relación de cuates e, incluso, de fuck buddies… aunque corren el riesgo de que alguno de los dos siga queriendo algo más (y no necesariamente ustedes, muñeconas) y… ¿en qué momento podrán continuar con su vida con alguien más?
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Me mordería  la lengua también  si dijera que NO vamos a extrañar los buenos momentos, que pasará muchas veces por nuestras mentes que éramos buenos amigos y bla bla bla… Claro que sucede y mucho; es más, estás segurísima de que podrían rescatar una buena amistad… ¡porque tú eres una persona modernísima y súper madura! Pero aquí citaré algo que me han dicho sabios personajes: “Ya tengo muchos amigos, no necesito uno más”.
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Sé que duele que se echen a perder las cosas (lo sé lo sé, LO SÉ), que todo cambie, que no funcione, que te dejen de querer, que te pongan el cuerno (bueno, eso no lo sé… porque si me lo han puesto ni cuenta me he dado), que tengan una vida sin ti mientras tú sigues resolviendo cómo hacer para tener una vida sin él… Pero también sé que es muy fácil caer en esos juegos que pueden terminar muy mal, con más penas, con más malos momentos…
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Así que si ustedes quieren tener un mejor duelo después de su relación, háganse un favor y no se conviertan en una acosadora… pero tampoco en una amiga. ¡No pretendas ser algo que no eres! (auch, me volví a morder la lengua).

martes 1 de marzo de 2011

A dos meses de los 35…

¿Recuerdan esos grandes festejos de cumpleaños que solía tener? Bueno, pues ahora espero que sea más grande aún. Claro, si el presupuesto me lo permite, porque esta es una rachita de gastos fuertes: taller de marzo, viajecito playero con mejores amigas (je) y demás, quizá deje presupuesto para: ¡vayámonos de antro! (y cada quien paga su chela)… espero que no sea así.
Tenemos un punto a mi favor: que cae justo en la Semana Santa. A mi favor porque la gente de otros puntos geográficos podrá venir a darme mi regalote (je) y en contra porque es probable que los chilangos quieran huir de la ciudad.
Yo sólo quiero un pretexto para celebrar 35 años en este plano, en la Tierra… para brindar por esa vida que quiero darle a los días, por todas las bendiciones que he recibido y, por supuesto, por las que recibiré. Alegría, mucha alegría.
Así que si se saben alguna combinación ganadora de Melate, la Lotería o cualquier otro juego de azar, favor de dejarla aquí. Prometo guardar el secreto y repartir el premio de forma justa y equitativa.
¡He dicho!