Justo después de una multitudinaria marcha por la paz se convoca a otra cita para todos esos que buscamos ver lo que sucede en México de una forma distinta. Esos que creemos y que a pesar de enojarnos, de rabiar, de
estar hasta la madre, creemos:
31 mil retratos por la paz.
Vi en los periódicos las notas sobre la marcha del fin de semana al Zócalo de Ciudad de México y quedé impactada, me dio mucha pena no haber estado ahí y pensé que ya habría oportunidad. Quizá por eso esperaba encontrar cientos, ok, no cientos, pero decenas de personas tomándose una fotografía con una paloma azul y pidiendo paz.
Y lo que encontré fue algo muy distinto.
Fotografías. El poder de una imagen… sí, poder. Tanto así que la gente pensaba que robaban almas. Una imagen que puede trasmitir gestos únicos, irrepetibles pero contundentes. Por medio de las imágenes se nos ha abierto el mundo. El cine, la televisión, la prensa escrita, las revistas, el Internet… todo está lleno de ellas y son de alguna forma el testigo fiel que nos convence de la objetividad de lo que nos es dicho. Sin una de esas imágenes yo, por ejemplo, no tendría idea de cómo lucen los Templos de Angkor en Camboya… no sabría siquiera que quiero viajar ahí. Sin las imágenes de la portada de La Alarma no sabría cómo luce un descabezado, un aplastado, un quemado vivo.
Por eso, para mí, el mostrar no sólo fotografías sino retratos de gente de a pie, de ciudadanos comunes y corrientes que buscan enseñar al mundo entero que México también son ellos, me parece una magnífica idea.
Claro, esa idea no fue mía, es de Diego Huerta, fotógrafo regiomontano que junto a Daniela Gutiérrez dedicarán 8 meses de su vida (más o menos) a cambiar esa imagen de La Alarma por una imagen de un mexicano pidiendo paz. Añorándola. Deseándola. Sintiéndola. Viviéndola. O al menos intentándolo.
Cuando comenzaron con la cruzada, el 14 de febrero de 2011, el total de muertos por la guerra contra el narcotráfico (y demás violencia en el país) era de 31 mil y se propusieron tomar una foto por cada persona caída, por eso ese preciso número.
¿Con qué me encontré yo, entonces, cuando fui a participar en este proyecto? Con tres jóvenes, Diego, Dany y un participante, sentaditos en una jardinera del Polyforum Siqueiros. Los reconocí por la sombrilla blanca y la paloma azul que los acompañaba. ¿Y las decenas de personas? ¿Y las personas pidiendo paz?
El tonito norteño disipó cualquier duda, eran ellos. Mi gran boca no pudo quedarse callada, tuve que preguntar, “¿dónde están todos?”
Esos “todos” fueron llegando de a poquito, muy poquito. Muy. Mi amiga Artemisa, de Ciudad Juárez… sus amigas, las amigas de ellas. Flor, una mexicana que conoció el proyecto en Europa y que se enamoró de inmediato, por lo que, junto con su novio (alemán), comenzaron a pasar la voz y a involucrarse, también llegó.
Subrayo el hecho de que Flor estuviera en Europa y de que su novio es extranjero, porque justo este proyecto comenzó en un país ajeno: Estados Unidos. Austin, Texas, abrió sus puertas a Diego y a su paloma azul, los güeros se retrataron y pidieron la paz de México. Luego Dallas, Houston, San Antonio, Laredo… hasta que finalmente, Monterrey, quien no se había querido involucrar al principio, dijo “yo juego también, si les está quedando tan bonito”.
Y así, poco a poco, kilómetro a kilómetro, Diego y Dany van por México, esperando que la gente comparta su deseo: recuperar esos lugares violentados, cambiar en nuestra mirada la imagen de terror por la de un ciudadano decente.
“La paz comienza creyendo”, dicen.
Este viaje no sólo es desgastante físicamente, también es desgastante emocionalmente. No es fácil seguir creyendo cuando la respuesta no es la que uno desearía. Si sabré yo al respecto. Es frustrante, es tristísimo. Es simplemente decepcionante. Pero aún así se mantienen en pie, en carretera, con sus ahorros y con un objetivo: juntar 31 mil fotografías, elegir 100 imágenes de 20 de las ciudades más violentadas del país. Imprimir esas imágenes y colocarlas en esos sitios que han sido testigos de la agresión, el miedo, la muerte. Paredes con huecos de bala, puentes donde se ha ocultado algún cadáver, barrios con miedo a que ese ruido de balata de automóvil sea un disparo…
Ya hicieron la primera intervención urbana justo en un sitio famoso por la devastación y la violencia: Ciudad Juárez, es decir, ya llenaron la ciudad con esas fotografías de paz.
Y curiosamente en Chihuahua la respuesta fue muy distinta a la que yo vi hoy en mi tierra elegida. Afortunadamente no todo es así. Ya van por los 8 mil retratos y todavía tienen mucho camino que recorrer: Chiapas, Veracruz, Tabasco, Michoacán, Tamaulipas… van por más rostros, por más almas que aún creen.
Yo salí de ahí contenta de haber participado, FELIZ de haberlos conocido, esperanzada porque no estamos solos los que aún creemos que se pueda hacer algo. Pero también salí preocupada porque me di cuenta de que mientras había 10 personas dispuestas a salir a la calle y decir: “yo quiero paz”, miles más hacían del hashtag #chingatumadreCalderón trending tepic en Twitter. Y hacían sólo eso.
En este país hacen falta mucho más que hashtags, que desahogos como los míos, como los tuyos. Hacen falta mucho más que quejas y exigencias (que, claro, son nuestro derecho). En este país hacen falta las ganas y el conocimiento, la complicidad y el sentimiento de camaradería. El sentirnos parte de una comunidad y responsables por nuestro futuro. En este país hace falta sentirnos orgullosos por nuestra patria, por quienes somos… y no sólo por tener una bonita costa sur o un pasado que se quedó allá, en el pasado pero que no es nosotros HOY.
En este país faltan las ganas y las acciones, hace falta desahogarnos para deshacernos de todo ese enojo, esa rabia, esa frustración, ese miedo. Pero después del desahogo viene la propuesta, la acción, la responsabilidad.
Así que yo espero, de verdad y muy esperanzada, que haya 31 mil mexicanos que quieran recordar que sí, esas muertes están sucediendo, pero nosotros también sucedemos. Y tenemos voz, y contamos… y queremos, anhelamos paz.
31 mil… sé que los habrá.