La culpa la tiene Tere mi prima. Lo puedo asegurar. No me acuerdo pero lo puedo asegurar. Esta fulandreja que es de mi misma edad y crecimos juntas, tiene una extraña fascinación por las películas de sustos, desde chiquititas. No se pierde ninguna, y aunque durante toda la función está apachurrándote el brazo, con su pata sobre tu regazo, y pellizcándote donde se pueda, va de enferma a verlas.
Y un día me convenció.
Éramos pequeñuelas, supongo que teníamos como unos 8 años, no estoy segura, pero me acuerdo, oh sí. Vimos “Más negro que la noche”, con la, en ese entonces y ya no más, hermosa y juvenil Lucía Méndez… y Becker. Pinche gato.
Es la única película que ha tenido “repercusiones” en mí. Es decir, luego de verla seguía con el susto atravesado y les juro que en la ventana de mi recámara veía a la ñoris esa. No a la Lucía, sino a la viejita. Y, claro, la Teresita muy a gusto durmiendo con su hermana, a quién seguramente se le metía a la cama, “para que no tuviera miedo”. ¿¡Pero yo?! Yo dormía sola, y el gato me perseguía. Pinche gato, insisto.
No duró mucho el mal de la película de terror en mi vida, pero nunca le agarré el modito a ese género: me ponen nerviosita, pego gritos ridículos en muchas más ocasiones de las que la decencia y la prudencia permiten, agarro muslos -ya sean firmes o no tanto, conocidos o desconocidos- si están junto a mí y demás monadas. Y no me parecen lo suficientemente interesantes, trascendentes o entretenidas. Nomás me estresan y me hacen hacer desfiguros.
Y como si una no hiciera ya suficientes en el día a día.
Disculpen el spoiler, porque en medio segundo nos cuentan toda la peli, pero seguro entenderán mi trauma.
(Eran los 80's cuando la vi)
Snif.